Situada en el corazón de esta provincia, al pasar el portal de tablón grueso marrón, con aldaba de hierro negro, se puede sentir que el tiempo vuelve hacia atrás, cuando al levantar nuestras miradas visualizamos la famosa higuera, imponente con sus hojas verdes que cubren casi todo el patio de entrada, donde Domingo pasó largas horas leyendo innumerables libros, en la tranquilidad de las tardes sanjuaninas.
En las paredes blancas todavía se siente cuando uno apoya las manos, las vibraciones de los terremotos que no lograron derrumbarla, y también guarda las voces dulces de doña Paula y sus otras hijas, cuando realizaban los quehaceres domésticos. Los sabores se funden dentro de la boca cuando uno prueba los dulces caseros de inmemoriales recetas, los higos secos y las pasas de uva moscatel, tan dulces, como los recuerdos que reviven cuando uno pisa el patio de la gran higuera, y se sienta bajo su sombra, sabedora de tantos momentos presenciados dentro de esta casa, símbolo de San Juan.
Aquí en el antiguo barrio del Carrascal, el jardín de la casa, está siempre verde y al entrar en las diferentes salas, los cuadros y grandes retratos familiares nos ilustran, como eran los Sarmiento físicamente. De golpe un frío intenso invade el ambiente, y como si fuera una señal, un calorcito que llama desde otra habitación, nos lleva hasta donde está el antiguo telar de Paula, en el se puede ver un tejido grueso, rústico y colorido, pesado y por sobre todo muy abrigado.
El telar es de madera y junto a este acompañan varios elementos que facilitan la labor, que le dio de comer a esta familia durante muchos años, una devanadora de madera, huso para hilar, lana y pala de mano.

El frente de la vivienda en la ciudad de San Juan. Foto: Josefina Galdeano.
Gobernador
Cuenta una antigua anécdota que cuando Domingo, fue elegido gobernador de la provincia, con un sombrerito de totora, salió a la puerta de calle, una mañana y con todo aplomo, empuñando una brocha pinto el frente de su casa para dar el ejemplo, de embellecer los frentes de hogares vecinos, para darle un mejor aspecto al barrio. Y es que ese empuje lo heredó de su madre que sola construyó una de las salas más vieja, desde donde se accede por una puerta desde el patio principal. Los techos son de caña, palo y barro, las paredes son de adobe y tapia, el piso de tierra apisonada, el resto de la casa está adornado con materiales típicos de la zona.
En otro tiempo había una pared en el medio que separaba la sala del dormitorio. La ventana estaba frente al estrado destinado a las mujeres y utilizado por su madre, pero fue eliminado por las hermanas junto con una higuera existente en el lugar, y unas petacas de cuero conmemoran los innumerables viajes que Clemente realizó trabajando como arriero.
Quien se detiene en algún salón de la casa, enseguida lo invade en la piel, los veranos de mágicas noches estrelladas en el cielo diáfano sanjuanino, y el alma se eclipsa entre el pasado y el presente al contemplar los muebles que tanta carga de historia viva habita en ellos.
Al sentirlos con el tacto, una imagen nos viene a la conciencia y una frase conmovedora nos eriza, al darnos cuenta que por ellos también pasaron las manos de Sarmiento, de doña Paula y de sus otra hijas, Procesa, Francisca, Vicenta y Rosario, sin contar el antiguo dormitorio donde la madre del prócer dio a luz a quince hijos, sobreviviendo solo los nombrados hasta la edad adulta.
Pero el encanto de la histórica casa, se genera en la gran biblioteca del dueño de la misma, lugar que en la actualidad, es usado para grandes eventos culturales, como obras teatrales, presentaciones de nuevos libros, de escritores coterráneos y exquisitas interpretaciones musicales que endulzan el oído de los visitantes, en diferentes horas del día, los sentidos de quienes visitan la casita del barrio del famoso Carrascal, como se llamó en la época colonial donde vivió la familia más conocida de San Juan, se agudizan naturalmente, para ver, tocar, oler, saborear y escuchar como la casa cuenta por si sola su memoria, que sigue vigente en esta época y que se ha convertido, casi como en una máquina del tiempo, donde podemos nosotros mismos apreciar, los años coloniales y las costumbres ancestrales que aun hoy se conservan, con los escritos de Domingo y las mermeladas caseras de su madre.

El viejo telar de Doña Paula que todavía resiste el paso del tiempo. Foto: Josefina Galdeano.
Las ideas no se matan…
Hay quienes se llevan una experiencia única, cuando visitan el hogar de mi vecino de antaño, y dicen que la emoción los invade, al saber que respiran el mismo aire, y recorren el mismo jardín, de quien les enseñó a leer y a ser revolucionarios con las ideas, que no se matan, sino que les da alas para crecer y evolucionar en sus convicciones.
Desde la vereda las grandes ventanas abiertas, invitan a que entremos y como en cualquier casa, a sentirnos cómodos y en familia, compartiendo el mate del atardecer, entre el traqueteo del telar y el sol del otoño tenue, que da en el paseo de parras, junto a la entrada de la cocina, llena de ollas de cobre y con la pava siempre en la lumbre, preparada para cuando llegan las visitas a compartir la merienda.
Esta es la casa de mi vecino Domingo, la que aún sigue abierta para todos los viajeros, que decidan descansar un rato bajo el techo de cañas, la que cuenta historias y leyendas, de diarios y del zonda, la que guarda los recuerdos de un presidente, viajero y aventurero, enamorado de sus ideas y romántico empedernido, esta es la casa que nos da una identidad, y nos enorgullece compartirla con todos los que vienen a sentir su sabiduría y simpleza, buscando historia y cultura y emocionándose porque saben, que se llevan muy adentro del alma, un pedacito de ella, que es para nosotros un pedacito de San Juan.
Y aunque todos los días al despertarnos, y abrir las ventanas de nuestros hogares, la vemos, grande, blanca, imponente en la esquina, una alegría tierna nos invade porque solo con entrar en ella, cada vez que la nostalgia de la vida colonial nos asalta por sorpresa, sentimos la misma emoción que los viajeros, y con solo rozar con la palma de la mano sus paredes, nos damos cuenta de que la crónica que guarda esta casa que resiste todo tiempo, le da nombre e identidad a San Juan.





